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Lo intento, sabés que sí, cada día que nos vemos. Cada tarde a las cuatro en punto. Pero no, la señorita no quiere. Y me ves reunir toda la paciencia del mundo para lograrlo, pero no. La señorita es testaruda. Te burlás de mi. De la delicadeza con la que uso el índice y el pulgar de la mano derecha para quitarte enterita, como debe de ser. Pero no. A veces me hacés creer que lo conseguí, te reís por lo bajo, y justo cuando estás por salir incólume, te venís a romper ahí, justo ahí, y entonces, largás tu carcajada y terminás salpicándome la solapa del saco o la blusa a la altura del ombligo. Maldita seas.
Cuando sea presidenta voy a decretar "Enemiga número uno: la tapita del yogur". Vas a ver.
Y venite vestida como la de la foto, a ver qué valiente se anima con ese sabor.
Tranquilos, no contagiaY sí, es que no soy regular. Me viene cuando quiere. Cuando quiere quién, me pregunto. Y me manché. Y estaba en el subte. Bastante me manché. Parada, dentro del subte. Por qué no habrá baños en los subtes también me pregunté. Y me había puesto el pantalón color crudo. No, el que me regalaste, no; el otro, el que me queda recontra ajustado. No, no iba muy lleno; yo iba parada, pero había lugar. La mirada atroz del tipo de traje y lentes sin marco fue la que me hizo percatar. Y bue, cuando llego a casa me cambio y lo lavo, mala suerte, pensé. Y seguí leyendo los anuncios esos que ponen arriba de las ventanillas. Hasta que me crucé con la mirada rara, más bien, con esa forma extraña de abrir los ojos que había adoptado aquella mujer que podría haber sido mi tía Chola. No se animaba a emitir sonido alguno, pero abría grandes los ojos y subía apenas las cejas mirándome fijo, indicándome con una señal secreta solo entendible por mujeres que me había manchado. Pobre, ella está más incómoda que yo, pensé. Y le hice una caída larga de párpados, que en nuestro idioma secreto recién inventado significó Ya me di cuenta, gracias. Pero la señora de trajecito chanel que estaba parada a mi derecha también se cruzó con la mirada rara de esta mujer. Y como era del gremio femenino, entendió el código al instante. Buscó "lo raro", vio la mancha roja y de inmediato se apartó como dos metros hacia allá. Tranquila, no contagia, pensé. Ni salpica, estúpida. Y ahí fue cuando la mujer que estaba sentada frente a mí me hizo la seña con la mano, los cuatro dedos más largos apretaditos en un vaivén, que decían con claridad Acercate, querida, que tengo algo para decirte en la intimidad. Sí, ya sé, me manché, pero quédese tranquila, que no voy a pedirle el asiento. Sale con agua fría, no vayas a ponerle jabón. Ah, qué buen consejo. Me bajé en la siguiente. Desde la escalera mecánica hasta la puerta del quinto hache sentí que todas las miradas del planeta, incluídas las de los pájaros, iban dirigidas a la mancha con forma de mapa de Cuba que se había formado en mi pantalón color crudo. Era cierto, sale con agua sola.